CON OJOS EN EL CORAZÓN

foto editorial

Texto: Pedro Albornoz V. – Fotografía: RIG 

En tiempos tan complejos como los de hoy, no es fácil escuchar de lealtad, fidelidad o autoestima. Son términos demasiado rebuscados para algunos; demasiado profundos para otros y por qué no decirlo…para el resto promueven fastuosos discursos. Mientras leal significa fiel, exacto; fiel, que marca el equilibrio de la palabra. Por su parte, autoestima no es otra cosa que amor propio, la consideración y afecto por uno mismo.

Desde que nacemos estos conceptos se instauran en lo más profundo del corazón, del alma. Primero, son los padres y la familia que nos enseñan los llamados valores. Luego, en la escuela se nos refuerza. Sin olvidar que el credo que practicamos nos permitirá acercarnos a ellos. Y es que si definiéramos estas palabras unas con otras se confundirían, pero al pensarlas por separado, podemos verlas y reflejarlas en más de un acto. En el día a día están tan presentes como respirar, comer y dormir. Estos vocablos – importantes por naturaleza – deberían estar situados en cada una de nuestras vidas, en todo ser humano que habita nuestra tierra. Sin embargo, a veces…no es así.

Hace muchos años – en tiempos en los que no se hablaba de la depresión o del estrés – conocí de cerca el caso de un hombre que quedó cesante abruptamente. Fue calumniado y limitado por el resto de su vida. Al momento del despido, aún era un hombre joven y quizás podría haber encontrado otra fuente de trabajo, no obstante, sus antecedentes quedaron tan dañados que fue imposible. La necesidad económica lo llevó a vender desde jeringas hasta chocolates. A veces, algunos trataban de ayudarlo. Al final, siempre terminaba estafado.

Varios años han pasado, él nunca pudo volver a trabajar, por lo menos, en forma dependiente en lo que estudió. Trabajó en lo que pudo. Fue guardia, peoneta de camiones, recepcionista de un centro médico y cocinero. Según el formato del trabajador requerido, estaba muy viejo. No tenía la frescura de un recién titulado ni los mismos sueños. En definitiva, se le cerraron todas las puertas. Este hombre que no es viejo ni joven y está vivo “aún” no trabaja, porque ya el sistema le ganó. Realiza actividades que le permiten mantener su mente ocupada, pero dejó de existir hace muchos años…, laboralmente hablando. Ya no compra los domingos el periódico para buscar “algo”. Tampoco, ha enviado un nuevo currículum en post de conquistar un cupo laboral. Y digo “conquistar”, porque para él en eso se ha transformado conseguir un puesto para “ganarse el pan con el sudor de su frente”.

Cada vez que lo veo – y lo admiro de verdad – me pregunto ¿Cómo fue capaz de reinventarse?. La respuesta es, fue leal a sus principios y se amó en cada una de las negativas. Hizo valer su autoestima. Podría haberse dejado apabullar, “venderse al sistema” o tirarse al Metro. Su postura fue distinta: Pensó en los suyos y en él. En esa vida construida a punta de esfuerzo, a punta de tesón. He sabido de muchos que no han resistido sentir que no sirven, que no son aptos.

El protagonista de la historia – que para Uds. he relatado – es un hombre como los de antaño, como los campesinos de nuestras tierras, leales, patriotas, ilustres, testarudos, orgullosos. Si existieran otros como ellos, tal vez, uno por calle o ciudad lograríamos terminar con el círculo vicioso, que cada día nos deja sin valores y sin saber realmente quiénes somos: Chilenos, americanos o europeos.

Todavía quedan esperanzas de proteger estas palabras, que son valores de vida. Ese hombre – cuyo nombre omitiré – tiene un hijo y le ha transmitido desde sus genes hasta su propia escuela de vida. La idea es que cada uno forje lo mismo en su hogar o en su familia. Aunque parezca utopía, los grandes sueños comenzaron así. En este instante, recuerdo un libro que leí de niño: “El Principito” del escritor Antonie de Saint-Exupery, quien dice : “Sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos…”

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