DUENDES Y GNOMOS: CUANDO SE PIERDEN LAS COSAS

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Texto: Revista Mi Gente – Fotografía: Archivo 

“¡No!, si estoy segura que lo dejé aquí. Salí del baño, abrí el cajón y lo guardé, pero no está, ¿dónde se metió?… ¿Le parece familiar esta situación?, ¿le ha pasado a usted o alguien conocido?. ¿Le ha sucedido que por más que busque las tijeras o el lápiz, no los encuentra?. Esto, a pesar que no las ha ocupado, y se suponía que debían estar en el cajón de siempre. Si es así, tenga cuidado, pues, puede que esté compartiendo su vida con pequeños seres invisibles, que juguetean entre sus cosas y le hacen … bromas.

Hace un par de años, la tía Chepa –que tiene como un siglo de edad- me fue a visitar. Nos tomamos un té, conversamos mucho y cuando la iba a ir a dejar a su casa, me pasó –otra vez- algo que me solía desesperar: las llaves del auto no aparecían por ningún lado.

No era desordenada y las llaves siempre las dejaba en el mismo lugar. Sin embargo, desde que vivía en ese departamento, nada parecía estar en su sitio. La tía Chepa, que me miraba con infinita paciencia, me dijo que no sacaba  nada con seguirlas buscando, que de seguro me las habían escondido y que, “entre más rabiara, más me costaría encontrarlas”. Me senté a su lado, respiré profundo, y la quedé mirando. Tomamos otra taza de té, y me contó una historia que, por lo menos, me dejó intrigada. “Hubo un tiempo –me dijo- que Maipú era una zona plagada de seres pequeños que tenían la facilidad de aparecer y desaparecer a su antojo. La mayoría de estos seres sólo eran traviesos, casi inofensivos, y se divertían escondiendo y cambiando de lugar las cosas. Pero, también estaban aquellos que eran peligrosos, especialmente para los niños y niñas pequeñas.

Habría sido uno de éstos, el responsable de que -hace unos 80 años atrás la pequeña María G. estuviera a punto de morir. En ese tiempo, sólo tenía tres año y vivía con sus papás, en una casona ubicada en los alrededores, de -lo que hoy en día es- el centro maipucino.

Al principio, todos pensaron que la pequeña tenía gran imaginación. Hacía aproximadamente un mes que jugaba con un “amiguito” que sólo ella podía ver. Sin embargo, las cosas se complicaron, cuando la “chiquitita” empezó a adelgazar y debilitarse, sin un motivo claro. Para colmo, había empezado a despertar en mitad de la noche y, prácticamente, no dormía. Sus juegos ya no eran tales, porque casi siempre terminaba llorando. A veces, le aparecían moretones y, otras, rasguños.

Sus papás, desesperados y sin saber qué hacer, recurrieron a un sacerdote conocido, quien bendijo a la niña, la casa y los alrededores. María comenzó a reponerse. Ya no jugaba con su “amiguito”; dormía toda la noche y no le aparecían arañones ni golpes.

Todo había vuelto a la normalidad. Sin embargo, un par de semanas después -un jueves, como a las cuatro de la mañana-, la niña comenzó a gritar y llorar. Estaba aterrorizada y decía que su amiguito se la quería llevar. Apenas amaneció, fueron a buscar al párroco, pero este no se encontraba, pues, justo el día anterior había partido a un seminario. Desconcertados y atemorizados, volvieron a la casona. Allí, para sorpresa de todos, estaba la abuela Mercedes, quien -por algún motivo había decidido viajar desde Temuco a Maipú, sin avisarle a nadie. María corrió abrazarla y, entre risas y mimos, le contó a “media lengua” lo que la había asustado. La abuela, que la miró con amor infinito, le dijo que no se preocupara, que todo iba a estar bien. Como a las tres de la madrugada, la pequeña repitió la escena de la noche anterior, pero, esta vez, estaban su abuela y su madre junto a ella. Rápidamente, comenzaron a desarmar toda la cama.

Con horror, vieron que una masa gris, sin forma definida, saltó de la cabecera y desapareció detrás de un mueble. Para la anciana, no habían dudas: se trataba de un duende. Este ser se estaba alimentando de la vitalidad de su nieta y no pararía, hasta que muriera. No había que perder ni un segundo.

Sabía que existían dos o tres maneras, para expulsar a este “bicho” de la casa. La primera, era correteándolo a garabatos, mientras se abrían puertas y ventanas. La segunda, era cubrir a María con excremento; y así este ser, que se había visto atraído por la dulzura y olor de la pequeña, la repelería. Y, la tercera, era tener un gato. En muchas culturas, los felinos, han sido los guardianes entre los mundos paralelos, pudiendo percibir lo que no todos ven. Pero, en este caso, el “minino” estaría destinado a comerse al duende, a quien confundiría con un ratón. De esta forma, a la noche siguiente, María –que no entendía nada de lo que sucedía- se vio completamente  embetunada con excremento de cerdo. Alrededor de la una de la madrugada, aseguran que se escuchó algo parecido a un chillido al lado de la cama y, luego, un ruido como de alguien que sale huyendo a toda velocidad. La abuela, la madre y el padre, corretearon a la masa gris a “punta de garabatos”, mientras la nana dejaba salir a una hermosa gata amarilla de la cocina. El escándalo duró como media hora, hasta que la pelota negra saltó por uno de los ventanales y la gata iba tras ella. Luego llegó la calma. Parecía que el aire era más liviano y todos estaban de muy buen ánimo.

Pasaron las semanas, los meses y años, y la niña nunca más tuvo problemas. Actualmente, María es una abuela regalona, que siempre regala gatitos a los niños, por si acaso…”

Al terminar la historia, la tía Chela se paró y me preguntó si las llaves que buscaba, eran las que estaban sobre la mesa. Las tomé, le sonreí y la fui a dejar a su casa. De vuelta me encontré un gatito en la calle, al que llevé a vivir conmigo y, puedo asegurar, es una gran compañía…

Por cierto, desde que llegó, no volvieron a desaparecer las cosas

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