El Duelo en los Niños

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El proceso que se enfrenta ante la pérdida de un ser querido, es sin duda, uno de los momentos más difíciles en la vida de una persona. Pero, ¿Cómo podemos afrontar esta situación con nuestros hijos? Aquí algunos consejos.

Por revista Mi Gente

Uno de los momentos más difíciles de la vida de una persona es enfrentar un proceso de duelo. Este es de­finido como una etapa crucial y necesaria para el de­sarrollo del ser humano y cualquiera que sea el carácter del duelo, este proceso moviliza todo un conjunto de emociones, que varían de acuerdo con las etapas de cada persona y el grado de significado que tenía la situación, o persona perdida para el niño. En diálogo con la sicóloga infanto-juvenil especialista en educación, Sandra Cabezas Canobra, nos indicó algunas recomendaciones para llevar de mejor manera esta situación.

¿Cuáles son las conductas más frecuentes que presentan los niños, ante un proceso de duelo?

Todo va a depender de la situación y de lo familiarizado que esté el niño con la idea de la muerte: no es lo mismo que fallezca una mascota o un tío lejano, a uno de los padres o su abuela más cercana. También influye la for­ma en que la persona fallece, y lo que el niño comprenda por muerte y lo que ocurriría des­pués de ella (si la per­sona se va al cielo, si su espíritu sigue acompa­ñándonos, si está dur­miendo, etc.)

Pero en general, el duelo tiene etapas, que van desde no poder aceptar lo que ha ocu­rrido, pasando por una etapa de rabia y cues­tionamientos (“¿Por qué Dios se lo llevó si era tan bueno?”) por la etapa de imaginar que la persona sigue con nosotros (“me pare­ció escuchar su voz”) por la tristeza de darse cuenta que la persona no está, notar su ausen­cia y la falta que hace en aspectos cotidianos, para luego aceptar el hecho y extrañar a la persona con nostalgia, pero ya no con tristeza profunda y angustia.

También hay niños que se culpan por el fallecimiento (si yo me hubiera portado mejor, no habría pasado rabias y no se habría enfermado) o si la persona fallece repentinamente, no tienen la oportunidad de disculparse por “haberla hecho enojar el día anterior” o haberse sacado malas notas en el colegio. Eso trae muchas angustias y culpabilidades ficticias.

¿Existen diferencias en las reacciones frente al duelo en los niños dependiendo de su edad?

En general, los niños más pequeños, de 2 o 3 años, no comprenden el concepto de muerte como tal, sino que notan la ausencia de la persona en términos físicos, por lo tanto, es probable que la llamen o busquen pensando que se trata de una ausencia momentánea. Al notar que la ausencia es mucho más prolongada de lo que esperan, es probable que se frustren y apenen.

Ya a los 4 o 5 años, el niño es capaz de darse cuenta de que no se trata simplemente de una ausencia. Ya pueden incorporar mejor el concepto de la muerte, entendiendo que la persona no volverá a estar ahí, pero que probablemente está en otra parte (en el cielo por ejemplo) Aquí aparece la tristeza de no ver a la persona ni poder compartir con ella y las frustraciones, culpas y rabias que mencionaba anteriormente.

Un niño de 8 o 10 años ya es capaz de visualizar la falta que a futuro le hará esa persona en determinados momentos de la vida, cuando es el caso es necesario brindarle el apoyo necesario en cuanto a ver ese rol en otra persona, sobre todo al tratarse de perdidas significativas (padres por ejemplo)

¿Cómo deben enfrentar los padres (familiares) de manera óptima este proceso con los hijos?

Explicándoles que la muerte es parte de la vida: todos quienes nacemos moriremos en algún momento, incluso los seres que amamos y ellos mismos. Es muy importante contarles a los niños que una pérdida le producirá muchos sentimientos como los ya mencio­nados (angustia, rabia, tristeza, etc.) y que es totalmente normal y natural, y que eso no los hace malas per­sonas, que son etapas naturales cuando per­demos a alguien.

También es im­portante que los dejen expresar esta rabia y pena, en general es perjudicial decirles que “tienen que ser fuertes”, que no hay que llorar porque la persona que falleció se va a apenar o no va a descansar tranquila. Tampoco obligarlos a ir al cementerio, sino respetar sus ritmos y sentimientos, aceptán­dolos como válidos. El que una persona no reaccione como nosotros esperamos o deseamos, no significa que esa reacción sea errada, menos vá­lida o peor que la nuestra.

Es bueno ayudarlos a despedirse de la persona, instándolos a que le escriban una carta o le hagan un dibujo de despedida, pero ellos deben decidir que hacer con eso: guardarlo sin que nadie lo vea, ir a dejarlo al cementerio, romperlo después de hacerlo o mostrárselo a determinadas personas, eso debe ser enteramente decisión de ellos.

Ahora, si pasados tres meses la pena y la rabia siguen sien­do muy intensa, o bien perjudican el quehacer escolar del niño, o han afectado su sueño o alimentación, es necesario recurrir a un psicólogo especialista en niños y adolescentes, que apoye el proceso de duelo, que probablemente se encuentra estancado en alguna de sus fases.

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