EL PUEBLITO DE LA FARFANA

la farfana

Texto: Revista Mi Gente – Fotografía: RIG

Los primeros aires de La Farfana, surgen en 1896, cuando – según el Diario Oficial – Maipú estaba conformado, entre otros, por el fundo La Farfana. El predio pertenecía al hijo de Agustín Llona Belaustegui, el joven Emiliano Llona Albizu, quien estaba casado con doña Luisa Santa María Márquez de la Plata.

Fue este matrimonio de aristócratas, el cual cedió en herencia las tierras de La Farfana a don Alberto Llona – casado con Rebeca Llona Reyes – , y, progresivamente, a todos sus descendientes.

En un principio, no existía el pueblito como tal. Su nombre lo adquirió gracias al largo camino que lo cruzaba, llamado La Farfana.

Una de sus habitantes más antigua, Clarisa Gallardo – que ha vivido toda su vida en este apacible campo – , recuerda, como si fuera ayer, su pasar en éstas tierras. Con un aire de pasado, nos traslada rápidamente a la vida en La Farfana, durante los años cuarenta.

Durante su juventud, trabajó para la familia Llona, quienes son recordados – en general, por la gente del pueblo – como personas benévolas, simples y nobles; además comprometidas y leales con sus inquilinos.

“La señora Clarisa”, evoca tiempos en los que estaba a cargo de los quehaceres de la Casona; así como también de ordeñar las vacas de los establos. Al mirar alrededor, pareciera que no han pasado los años, manteniéndose el calmado ritmo de vida, una sonata muy lenta, para la gente buena, campesina y trabajadora.

Fue en este punto, cuando “la señora Clarisa”, en una señal de nostalgia, nos señaló a lo lejos, el último fundo de La Farfana, perteneciente a “don” Sergio Rasser y “misia” Sara.

No pudimos evitar buscar esa casona. Recorrimos senderos agrestes, rodeados de vegetación y cultivos que sobreviven, gracias a la magia de la naturaleza y el esfuerzo de parceleros que logran – con casi nada de agua – regar sus cultivos.

Cuando estábamos a punto de llegar a la vieja casona Llona, nos encontramos a “don Guillermo”, cuidador y único habitante del caserón.

Era una gran casa amarilla. 22 habitaciones, 4 baños – dos en el primer piso y el resto en el segundo – ; living comedor; una amplia cocina, con lavaderos antiguos, y pisos de baldosa. Enormes piezas para visitas; establos y cabañas pequeñas, donde se guardaba el forraje y herramientas. Todo rodeado de corredores, con vigas de madera noble, pisos de cerámico rojo; ventanas altas y con una vista maravillosa.

Esta añosa mansión era la que daba vida a historias, donde reposaban los recuerdos de sus trabajadores.

Gentilmente, “don Guillermo” – o Willy, como lo llaman los vecinos – el cuidador, nos contó que el último dueño, descendiente de la familia, fue Roberto Llona. A su muerte, la viuda – conocida como “doña Rebeca” – decidió abandonar la casona, dejándola con todos sus recuerdos y vivencias.

Actualmente, el pueblito de La Farfana no gira en torno a esta Casona, que descubrimos sin proponérnoslo. La vida cambió. Los fundos fueron divididos en parcelas, una de ellas actual paradero de locomoción colectiva. Unos cuantos bazares ayudan a obtener el ingreso mínimo, para sobrevivir.

Sus pozos y norias naturales ya no regalan sus virtudes a los campesinos. En cambio, ahora deben conformarse con Pilones de agua, dispuestos en el pueblo.

Al despedirnos de su gente, regresamos por ese camino agreste y amarillento. La Farfana no es más el pueblito afable y sin problemas. Esto, pues el futuro, al igual que su presente, se vislumbra complicado, debido a la falta de agua.

Es cierto, La Farfana sigue siendo un pueblo hermoso, perdido entre el campo y la ciudad. Sus habitantes aún son amables, pero su tierra ya no es gentil. La escasez de agua ha tornado todo muy difícil y – ahora – quienes recorrimos el lugar, nos dimos cuenta que allí la vida sí les había cambiado, porque hoy el agua vale oro…

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