EL RIGOR DE LA BUROCRACIA

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Texto: Pedro Albornoz V. – Fotografía: RIG 

En sus orígenes la burocracia nació como un sistema para organizar el trabajo en las grandes empresas. Como casi todo tiene una cara y un sello, pronto surgió el sello negativo de la burocracia, es decir, el lado perverso que conocemos hoy en día. Actualmente se entiende por burocracia aquella administración ineficiente, caracterizada por el exceso de formalidades, trámites y papeleos para dar curso a una gestión dentro del área pública. Un elemento particular de la burocracia es la rigidez de sus normas y procesos, por lo tanto, no admite caminos alternativos o aplicación del sentido común.

La burocracia es capaz de transformar en un calvario cualquier gestión, tanto por las odiosas pérdidas de tiempo, como la cantidad de eslabones que pueden conformar la cadena de exigencias y requerimientos administrativos. Cada eslabón significa un obstáculo, un dilema que puede terminar extinguiendo la ilusión de sacar adelante un proyecto cualquiera.

No queda ausente en este peregrinar de oficina en oficina, la alta probabilidad de toparse con el trato agrio o prepotente del funcionario burócrata. Este funcionario, quizás por íntimas frustraciones personales, procura encontrar todo malo, busca las cinco patas al gato, se detiene en el detalle absurdo y todo aquello solo a fin de paralizar un trámite. En esa postura, el burócrata supone granjearse un halo de importancia y superioridad, sin ver la estulticia de ello.

La burocracia contiene el germen de la corrupción. Una persona que se siente abatida por el rigor de la burocracia, muchas veces opta por ofrecer bajo cuerdas algún estipendio al funcionario de turno, dinero que una vez aceptado tiene el efecto mágico de solucionar problemas.

Otra relación entre burocracia y corrupción se encuentra en la política. Su buque insignia navega en las aguas del Parlamento y desde allí se desplaza rumbo hacia las municipalidades y otras agencias del Estado, transportando las últimas cargas burocráticas (nuevas normas y leyes restrictivas) que algún parlamentario copió de otra parte y las hizo nuestras, sin reparar en nuestras costumbres e idiosincrasia.

A nivel macro, el Estado burócrata aumenta su ineficiencia mediante la creación de departamentos y oficinas para esto o para lo otro, promueve aumentar el número de ministerios y parlamentarios, incorpora más delegados, comisionados, observadores, asesores, etc. En suma, numerosas personas con cargo al erario del país, entre los cuales están los parientes y amigos, son reclutados para hacer mal las cosas que se pueden hacer bien con mucho menos gente. Para poder pagar la burocracia, los gobiernos requieren aumentar la carga impositiva a las personas.

La burocracia es contraria a la simplificación y celeridad, atributos del dinamismo que suele observarse en naciones que gozan de un claro sentido práctico en los procesos administrativos. Un ejemplo loable, donde la tramitación de cualquier cosa fluye con singular facilidad gracias a la buena disposición de las personas y el buen aprovechamiento de la informática, se encuentra en Estonia, al punto que a ese país han comenzado por llamarle E-Stonia.

Los gobiernos con proverbial incapacidad para generar riqueza y desarrollo, ostentan los mayores niveles de burocracia, cuestión que sumada a los bajos salarios, han llevado a mejorar los ingresos del burócrata mediante la coima, convertida en dogma o ritual ineludible para cualquier trámite fiscal, con la anuencia y resignación de los propios ciudadanos de aquellos regímenes.

Terminamos señalando que la burocracia y sus excesivas trabas y cortapisas, son un elemento negativo para el emprendimiento de las personas y sus deseos de superación. La burocracia entorpece cualquier trámite, agota la paciencia de las personas. La burocracia otorga desmedida trascendencia y poder al funcionario público. La burocracia favorece la corrupción, afecta el erario nacional y frena el desarrollo de un país.

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