LA AMISTAD

EdB-1

Texto: Pedro Albornoz V. – Fotografía: RIG

¿Quién no ha tenido un amigo en algún momento de su vida?. Esa persona que te tiende la mano desinteresadamente, con la que puedes hablar horas y horas sin que se torne aburrido, a quien confías tus secretos y ambiciones, la que está allí siempre, la que te consuela, la que te escucha y te entiende.
La palabra amistad proviene del latín Amicitate que significa: “afecto personal puro y desinteresado”. Y es así como debe ser ese sentimiento para ayudarnos a ser más felices, aunque a veces cueste encontrarlo en forma tan pura. Es “Con la ayuda de mis amigos”, como lo decía la letra de una canción de los legendarios Beatles, que se puede alivianar la carga que portamos en nuestros hombros en este difícil peregrinar de la vida.

¿Quién no se acuerda de su primer “yunta” en los postreros años de colegio?. Compartíamos todo: colaciones, cuadernos, útiles y juegos; y hasta nos copiábamos en aquellas pruebas difíciles de sortear. Luego vino la adolescencia con las primeras fiestas y los amores que hacían latir nuestro corazón a un ritmo vertiginoso. Y ahí estaban los amigos para apoyar, aconsejar y festejar aquel beso robado a la chica que nos quitaba el sueño. Más tarde conocimos el verdadero amor y el deseo y responsabilidad de trabajar y formar nuestra propia familia. Luego vinieron los hijos que nos llenaron de satisfacción y felicidad, pero que más de un sufrimiento nos provocaron cuando se enfermaron o la vida les jugó una mala pasada, y ahí estaban los buenos amigos para contar las penas y alegrías.

¿Cómplices?. Sí, una unión que perdura a veces toda la vida, y que nos ha regalado más de alguna sonrisa o satisfacción y, lo más necesario, un hombro para llorar en momentos difíciles. No obstante, en más de un episodio esta hermosa relación, entre seres, no ha estado exenta de alguna discusión o riña, por motivos, quizá, poco relevantes.

Aunque, si el sentimiento fue sincero se pudo reanudar el lazo haciéndose más sólido y duradero. Si no fue así la desilusión y el desencanto se apoderaron de nuestro corazón, dominado por el orgullo que termina desvaneciendo aquella unión, como un hielo al sol, y ocasionando un fuerte y profundo dolor.

Las circunstancias de la vida son las que nos unen a estas almas gemelas, de las cuales pocas prevalecerán en el tiempo, tal vez por lo agitado de los tiempos, donde el stress y la obsesión por conseguir cosas materiales son pan de cada día. Es difícil mantener nuestras amistades, pero si ponemos de nuestra parte se logra.

Nos reunimos una tarde en torno a un rico asado, comentamos el partido de fútbol, mostramos las fotos del último veraneo familiar, o nos desahogamos cuando todo es gris y el agua nos llega al cuello, y es, precisamente, ahí cuando se prueba la verdadera amistad en los tiempos de vacas flacas, de dolor, tristeza, depresión y soledad.

Algunos ven a su perro como su mejor amigo, otros a sus propios padres, hermanos o parejas; y hay quienes sueñan con un amigo especial que nunca llegó, aquel personaje imaginario de la primera infancia que cumplía todos nuestros sueños. En mi caso, fue El Principito, quien ocupó ese deseo de amistad perfecta. Este personaje del libro homónimo de Antoine de Saint-Exupery se convirtió en mi ilusión. Un niño solitario, inocente y reflexivo, que vivía en un pequeño mundo en compañía de una rosa, a la que cuidaba con tesón. “Lo esencial es invisible a los ojos”, decía el pequeño mágico y claro que tenía razón.

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