LA ENVIDIA

EdB-1-1

Texto: Pedro Albornoz V. – Fotografía: RIG

La envidia es una forma especial de sufrimiento y dolor cuando no es posible poseer lo que tiene otro. La razón puede provenir de cualquier cosa que no se tenga, como un bien material, un atributo intelectual, el éxito, el aspecto físico o la fama de otra persona. Dante Alghieri, autor de La Divina Comedia, dice que es el amor por las cosas propias y el deseo de que otros no las tengan. La Real Academia se refiere a ella como la tristeza y pesar por el bien ajeno o el deseo de algo que no se posee. La psicología por su lado la define como un sentimiento de agobio y encono contra otra persona por obtener lo que uno no tiene. La religión la incluye entre los Pecados Capitales (Capital no significa importante, sino origen de otros pecados). El primer caso de envidia se describe en el Génesis entre Caín y Abel.

El sentimiento de la envidia es universal, sin embargo, su intensidad es variable. Cuando el sentimiento es fuerte y permanente da origen a un complejo de inferioridad y entonces el envidioso se convierte en una persona infeliz, incapaz de tolerar lo positivo de otra(s) persona(s). En su mente se anida el rencor, la frustración, la desazón, el disgusto, los celos. El mecanismo de defensa frente a aquella infelicidad es habitualmente la crítica insidiosa, la murmuración y el pelambre. El envidioso hace lo posible por desmerecer al que tiene un don o un bien que no se posee y responde con la calumnia, intenta el desprestigio, la burla o bajar el perfil a todo lo bueno que provenga de quien es acosado por su envidia. Cuando el sentimiento es intenso se engendra el odio, el deseo de agredir verbal o físicamente y hasta desear la muerte del otro, cuestión que hace de la envidia un sentimiento muy dañino para quien la sufre, pero también es perjudicial para la víctima por los potenciales efectos contra su persona derivados del envidioso.

El psicoanálisis atribuye al complejo de inferioridad del envidioso una transformación en complejo de superioridad, es decir, el envidioso desarrolla un mecanismo de autodefensa que le lleva a tratar de demostrar mayores virtudes o éxitos que el resto y cae en la pedantería, el egocentrismo y la jactancia. (Recordemos que los grandes hombres suelen ser afables y sencillos).

Podemos ver en la envidia el germen de otros sentimientos negativos y nocivos que amargan la vida del envidioso. Es contraria al amor al prójimo y otros sentimientos como la lealtad, benevolencia y gratitud.

El envidioso debe procurar comprender que no todos somos iguales. La naturaleza ha dispuesto grandes diferencias entre las personas y uno debe aceptarse como es.

El envidioso debe valorar sus cualidades y esforzarse en imitar lo bueno de otros para ser mejor. Es necesario saber reconocer los méritos propios y los ajenos.

La víctima de envidia debe evitar toda relación con el envidioso y no responder a sus acciones o comentarios. Jamás debe informarle de situaciones privadas o proyectos. Si el envidioso(a) es una persona cercana, es preferible intentar hacerle razonar sobre su sentimiento y ayudarle a su superación.

Los creyentes, como buenos cristianos, deben evitar caer en el Pecado Capital de la envidia y demostrar sincero arrepentimiento cuando ha ocurrido.

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