LA LEYENDA DEL DIABLO EN EL CAMINO A LA RINCONADA

noche

Texto: Revista Mi Gente – Fotografía: Internet 

Infinitos son los recuerdos guardados en las memorias de los más antiguos. De quienes han vivido por siempre en la zona, de aquellos que, de tanto andar, han llegado a conocer hasta las piedras de los caminos y los sustos, provocados por estos.

Es en uno de los antiguos caminos del sector de La Rinconada, donde – me contaron – se guardan, entre curvas y árboles, espeluznantes secretos, sabidos sólo por las sombras de la noche y animales nocturnos.

Era en la tenebrosidad de las tinieblas, frías y húmedas de la madrugada, cuando – dicen – se podían oír los quejidos de una carreta que corría desbocada, a lo largo del camino.

A veces, un jinete recorría los senderos, cabalgando sin control, tan veloz que salían chispas de las piedras. Su voz, como rayo, se escuchaba desde lejos, azuzando a su enorme caballo.

En más de una ocasión, aquellos que se atrevieron a mirar a través de la ventana, vieron a un hombre de grandes dimensiones, arriba de un carruaje, tirado por seis corceles de ojos de fuego, los que corrían sin pisar el suelo, dejando tras sí, una huella quemante.

El mismísimo demonio habría sido el conductor del carro, quien – a toda velocidad – se llevaba las almas de aquellos que se atrevieron a enfrentarlo o, simplemente, tuvieron la mala suerte de cruzarse en su camino. Más de una vez, gritos ensordecedores – suplicando piedad – rasgaron la noche, despertando a los aterrorizados moradores del sector.

Si bien es cierto que actualmente, gracias al alumbrado eléctrico que ilumina gran parte de los caminos, ya no es habitual escuchar y saber de este tipo de apariciones, no es menos cierto que cuando la neblina inunda todo, impidiendo ver hasta la nariz propia, el diablo parece retomar fuerzas y recorre la zona.

Dicen que habría sido hace varias décadas atrás, antes que el pavimento tapara la tierra de uno de los antiguos senderos a las parcelas, en el sector de La Rinconada, cuando un campesino – que había ido a festejar el matrimonio de su hermana – tuvo un particular encuentro.

Sabiendo que ya era tarde, y con su caballo enfermo, el hombre comenzó a caminar hacia su rancho, distante como a cuatro horas de donde estaba. Había recorrido como la mitad del camino, cuando se dio cuenta que era pasada la medianoche. Aún le faltaba mucho por andar, y sabía que era peligroso recorrer sólo ese camino.

Misteriosamente, a pesar que era verano, la neblina comenzó a cubrir todo, dejando al hombre en la más profunda oscuridad. Cansado y temeroso, pensó en parar un rato y, tal vez, hacer una fogata. Así, se sentó a esperar que disipara la niebla.

No habían pasado ni 15 minutos, cuando sintió el ruido de un carruaje. Rápidamente se paró y vio como un gran carro – tirado por seis hermosos caballos – se acercaba, deteniéndose justo frente a él.

El cochero, junto con saludarlo, lo invitó a subir, ofreciéndose a llevarlo. El campesino aceptó, pues, creyó era una buena oportunidad para llegar luego a su hogar. Una vez arriba, se pusieron a conversar, y el chofer lo interrogó sobre qué hacía tan tarde ahí, “¿acaso no sabe que el diablo se pasea por aquí?”, le preguntó.

El acongojado hombre, le explicó que no había podido evitar cruzar por el sector. “Así que, lo único que he podido hacer, es rogar por no encontrármelo y, si me tropiezo con él, esperar que ande de buenas, para que me perdone la intromisión en su terreno”, dijo.

El cochero, que lo miró fijamente, soltó una gran risotada y le dijo “concedido”, mientras explotaba dejando un fuerte aroma a infierno. Estupefacto y petrificado, el campesino sólo alcanzó a decir “Ave María Purísima” y vio cómo, inmediatamente, desaparecía la neblina. Pero, más se sorprendió al darse cuenta que estaba parado, precisamente, frente a la puerta de su casa. Desde ese día, no volvió a pasar por el camino después de las 7 de la tarde, evitando salir nuevamente a fiestas, “por si acaso”.

Cuentan que este particular conductor de carruajes, todavía recorre las calles de Maipú, claro que ya no en carreta, sino que en un bello automóvil negro…ofreciéndose a llevar a aquellos incautos que caminan perdidos en la noche.

Al menos, eso dice un amigo mío, que asegura que esto es la pura verdad. Muchos no le creen, otros sí, pero…quién puede saber. Tal vez, habría que buscar el camino adecuado en una noche sin luna y…esperar…aunque por mi parte, prefiero quedarme con la duda. ¿…Y usted?.

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