LA NAVIDAD ANTIGUA EN CHILE

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Texto: Pedro Albornoz V. – Fotografía: RIG 

Esta es una fecha que debiera ser para los pueblos y las naciones un regalo de Dios, que nos brinda la oportunidad, al menos una vez en el año, de hacer un recuento de nuestras vidas, lo que hicimos y lo que no. Sin embargo, a la vez también se convierte en un mes emotivo, repleto de sentimientos y nostalgias.

Revisando nuestra historia, de todas las fiestas populares el mes de diciembre las tenía todas casi por completo acaparadas: la Inmaculada, la Novena del Niño, la Navidad y el Año Nuevo. La Merced, las Clarisas, el Carmen, Santo Domingo, San Francisco, San Saturnino, las Recoletas, los Dominicos y todas las iglesias menores, iniciaban las festividades con el Mes de María y seguían con la Novena del Niño.

Cada cual rivalizaba en el adorno de los altares; las mejores flores que producían las quintas de Santiago iban a perfumar las iglesias; todas las clases sociales se hacían un deber, si no en seguir el mes, por lo menos en ir de vez en cuando, sobre todo, a las iglesias del centro, las que anunciaban con gran anticipación el día de prédica. La ceremonia religiosa netamente popular era la de los “Nacimientos”. Había muchas familias que hacían una Novena para sus amistades.

Lentamente, todo el año se iban almacenando objetos y juguetes que adornarían el “Nacimiento”. En la habitación más grande de la casa, por lo regular en el salón, que daba siempre a la calle y al primer patio, se construía la montaña hecha de trapo pintarrajeado y con una nota de naturaleza en potencia que ponía el trigo, sembrado en tiestos de diversas formas días antes por la servidumbre.

Con anticipación, también, se hacían las invitaciones y comprometía a las amistades para asistir a la Novena, asegurando que la propia sería muy superior a la famosa de fulana o zutana. No había invitado, por pobre que fuese, que no hiciera un obsequio para el Niño Dios.

En el medio de ella, el pesebre; había verdaderas obras de arte de imaginería traídas ex profeso de Italia y Francia. El Niño Jesús, la Virgen, San José, los Pastores en adoración en el establo, los Reyes Magos cabalgando sus camellos, ya ascendiendo por los caminos de polvos abrillantados que imitaban la nieve, entre velitas de cera de todos colores, juguetes, mazapanes, y confites que ponían redondos de estupor y deseo los ojos de los niños.

Colgando del techo pendía la histórica estrella guía forrada en papel de estaño con un mechón de hilos refulgentes. A un costado de la montaña se instalaban los asientos para el coro, el arpa y las guitarras, y del otro la mesa con los refrigerios y los “dulces de las monjas”.

Durante 20 minutos sólo se oía la voz monocorde de la dueña leyendo la Novena y el murmullo y runruneo de bocas repitiendo, mientras se revolvían inquietos y aburrido los chicos. De pronto, todos se santiguaban y a una seña de una de las niñas de la casa pulsaban el arpa y las guitarras y entonaban cánticos y villancicos para el Niño Dios, recién nacido en el establo de Belén.

Terminando el cántico estallaban los aplausos. Mujeres, hombres y niños echaban a vuelo las matracas, tocaban pitos y sirenas, los chicos corrían al patio a quemar fósforos y “guatapiques”.

Los sirvientes se deslizaban entre los asistentes con bandejas de dulces y copas, mientras la dueña de casa alentaba a servirse, con las clásicas palabras: “Sírvanse; es aloja de culén, horchata con almendras de la huerta; sorbete de guindas. Ustedes, caballeros, sírvanse “mistela”; la han hecho las niñas, coman dulces, que son de las Clarisas”. Comiendo dulces y rezando la Novena se hacían bodas, amistades, noviazgos y no pocas disputas y riñas.

Ya oscurecido, las gentes se dispersan comentando complacidas las canciones y los agasajos recibidos, mientras en la casa las niñas enfundaban las guitarras y el arpa, y la dueña, cuidadosamente, apagaba las velas una a una.

Qué hermoso sentido de Navidad, aunque no tan remoto. Aún recuerdo cuando era pequeño y mi madre nos vestía con mis hermanos muy etiquetados y mi padre nos sacaba a dar una vuelta. Mientras ella terminaba de preparar la cena familiar, él colocaba dulces en el árbol de Navidad y nos hacían adornar con nuestros juguetes favoritos su entorno; luego nos dormíamos temprano, ya que a la mañana siguiente abriríamos nuestros regalos. Otros, como mis hermanos mayores, confiados dejaban sus zapatos en la ventana esperando que se depositaran allí sus obsequios. Más de alguna vez esos zapatos quedaron sin su par.

Qué dicha. Pocas criaturas almacenan sus recuerdos y tienen conciencia de sus actos y, más aún, reciben un regalo cada año de sus vidas, que les otorga la posibilidad de volver a comenzar. ¡Muchas felicidades!.

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