LAS FESTIVIDADES QUE VIVIMOS Y LAS QUE VENDRÁN

editorial

Texto: Pedro Albornoz V. – Fotografías: RIG

Si miramos el presente de nuestra realidad, tanto nacional como mundial, nos encontraremos con que existen diferencias abismantes entre los que tienen acceso a una vida digna y los que sufren cada día por tratar de mantenerse vivos y no sucumbir frente a las distintas calamidades que el mismo hombre en una visión industrializada se ha encargado de producir.

Uno de los temas que están de moda y que es inevitable mencionar como una manera de englobar todos los males actuales del mundo, es el problema del calentamiento global. Aquellas emisiones de gases de carbono y diversos tipos de contaminación ecológica que nos están llevando a una crisis de precedentes. A esto, hay que sumar un acontecimiento que, según los científicos más optimistas, es una realidad que nos pisa los talones: el término de las reservas de petróleo en el mundo.

Los cálculos más agradables anuncian que el uso del petróleo llegará a un tope en su producción mundial por allá a mediados del 2030, y que de ahí en adelante las fuentes se irán agotando en no más de diez años con el consiguiente encarecimiento del costo del precio del barril. Algunos pensarán que esto no es tan terrible pensando en los constantes avances en la producción de biocombustibles, pero aparte de la conversión de los combustibles, ocurrirá una conversión en la forma que la sociedad del futuro enfrentará nuestro legado. Y ojo, que muchos de nosotros es posible que estemos vivos aún, gracias a los avances de la medicina.

A qué me refiero con un cambio de la sociedad, si observamos a nuestro alrededor la mayoría de las cosas que nos rodean están relacionadas con el petróleo. Los regalos que en navidad uno le hace a sus hijos, nietos, padres, hermanos, etc., están manufacturados en varias partes de la cadena de producción, con derivados del petróleo: teléfonos celulares, perfumes, ropa, medicinas, plásticos, televisores, radios, zapatillas, bicicletas, comida, peluches, velas, arbolitos de pascua, y muchas cosas más de las que podemos imaginar.

Sin esas cosas en estos momentos, para nadie de nosotros, nos es posible vivir la vida tal y como la conocemos y menos encontrar la plenitud con la realidad que nos enfrenta a diario la sociedad de consumo con nuestras buenas intenciones y nuestras almas. Siempre existe una contraparte que cada vez se ve más pequeña, cuando nos llaman a vivir de manera austera estas festividades. Y la verdad es que dentro de poco tiempo nos encontraremos de frente con cambios que debemos explicarles a nuestros nietos sin ninguna justificación, sobre lo que hicimos y como vivimos.

A mi juicio, aún estamos a tiempo de parar la obsesión que nos está agotando. Quizás cambiando en estas fechas (y que mejor excusa para ello), la manera como enfrentamos a modo personal y familiar lo que hace mucho tiempo parece que se ha perdido: la búsqueda de un mundo mejor, más justo y solidario, para nosotros y principalmente para los que sufren.

En nombre de todo el equipo de Revista Mi Gente les deseo a todos ustedes paz, tranquilidad, esperanza y fiesta en este año nuevo.

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