Manipulación de masas

Texto: Pedro Albornoz V. – Fotografía: RIG

Hay gente que utiliza un medio basado en satélites para proclamar que la Tierra es plana; o quienes creen que el cáncer se puede curar con “métodos alternativos” (la danza de la lluvia, la sopa de bicarbonato y cosas de ese estilo); o quienes rechazan las vacunas porque leyeron no sé qué cosa en algún sitio. No necesitan una situación extrema o un estado de desesperación para abandonarse a la estupidez, no: les sale así, muy natural.

Al margen de esa élite, existen los más o menos tontos. No les hace falta pensar mucho para descubrir sus limitaciones. Las evidencias están ahí: les cuesta entender conceptos relativamente sencillos, se abandonan fácilmente a la irracionalidad, dan por bueno lo que no lo es, evitan repreguntarse sobre convicciones porque sospechan, por simple intuición, que se desmoronarían y luego les costaría encontrar otras. Van resistiendo y ya es bastante. Lo cual no impide que sepan hacer muy bien ciertas cosas.

Los grandes propagandistas al estilo de Joseph Goebbels tenían que repetir una trola mil veces ante grandes multitudes para convertirla en verdad.

La propaganda moderna se da un festín con las masas. La mentira pública ha existido siempre. La novedad radica en que ahora se puede elegir qué mentira contar a una persona determinada, conociendo de antemano su predisposición a creerla. Internet permite susurrar la frase venenosa directamente al oído de quien la espera. Además, no cuesta mucho esfuerzo hacerlo.

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