¿MUERTE DE LA ORATORIA?

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Texto: Pedro Albornoz V. – Fotografía: RIG

Antiguamente, el orador parlamentario y tribuno popular fueron los artífices de la cultura de la movilización política. En el Congreso, en las plazas públicas, al pie de los monumentos, en las estaciones de tren, en los teatros o en los clubes políticos, los oradores congregaron, con el don de la palabra, multitudes que, expuestos una y otra vez a esos ritos republicanos, devinieron en comunidades de sentido y de expresión aunadas por convicciones intelectuales y lazos afectivos.

En una sociedad pobremente alfabetizada, los discursos diseminaron el polen de la conciencia política más allá de los límites de los sectores ilustrados, arraigando percepciones y lealtades ideológicas no sólo entre los hombres, sino entre algunas mujeres, y con décadas de antelación a la conquista del voto femenino.

La relevancia cívica de la oratoria estaba expresada en la educación formal e informal de los hombres de la elite. La enseñanza retórica era parte del secreto de una formación lograda. Hablar bien en público, a la vez convenciendo y conmoviendo, constituía un tipo codiciado de capital político. Generaba adhesiones, confería notoriedad, daba poder. De ahí ese esfuerzo por apropiarse de esta facultad en los extramuros del núcleo dirigente.

La oratoria fue una herramienta para la construcción de una esfera pública en cuyo interior fueron cristalizando comunidades con ideas y valores distintivos.

El orador ayudó a forjar vínculos colectivos y, por igual, a hacer más diverso el reparto de los actores sociales, dándole voz y vida pública a las agrupaciones nuevas. Partidos de elite o de masas, movimientos obreros: todos nacieron y crecieron bajo el influjo de esta estrella que brillaba como nunca en tiempos de elecciones.

Sin televisión como sucedáneo del espacio público, al electorado había que atraerlo en persona o mediante la radio. Sin encuestas que graficaran la fuerza numérica de las preferencias, los actos masivos escenificaban la potencia popular de las causas en competencia.

A diferencia del agitador, irascible sujeto anónimo que detonaba motines y saqueos sin implicarse en debates abiertos, el orador daba la cara, se hacía cargo de sus palabras, e inclusive publicaba sus discursos para ampliar el radio social y someterlos al veredicto reposado de una lectura reflexiva.

Arturo Alessandri cuenta que, en la antesala de la mítica elección de 1920, siendo ministro de Juan Luis Sanfuentes, a este le había presagiado: “Presidente, usted llegó a este puesto callando, y yo lo alcanzaré hablando”. Dicho y hecho, en caso que la historia sea cierta, Alessandri representó, en nuestra historia, el ejemplo más célebre del orador como redentor venerado por las multitudes.

No fue el primero, tampoco el último, pero sí el más visible a la distancia de los años. En su actuación como factor de cambio, como tribuno de la democracia, la más selecta retórica del siglo XX se proyectó y dilató en el escenario del siglo XXI, marcado por el hervor de la política de masas. Otros tiempos, seguro. Otro país, también.

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