¡POBRE CHILE!

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Texto: Pedro Albornoz V. – Fotografía: RIG

Entre los años 1840 y 1900, Chile logró progresar sostenidamente. En la misma época Europa sufría guerras y penurias económicas. Sus habitantes miraban el Nuevo Continente como una Tierra Prometida y pronto comenzaron a arribar hasta aquellos países con mejores expectativas. La mayor ilustración y experiencia de los europeos, sumados al esfuerzo y tesón, les abrió el camino para desarrollar diversas actividades económicas, como la industria, el comercio, la agricultura y la educación. Nuestro país se beneficia con el trabajo de suizos, alemanes, ingleses, italianos, españoles, croatas, palestinos. Los gobiernos de entonces realizan importantes obras de infraestructura en ciudades y puertos con una clara visión geopolítica. Una  prioridad es la vía férrea, clave para unir el país de Norte a Sur y pilar de la comunicación y transporte.

La visión de entonces se proponía hacer de Chile un país principal. Un ejemplo de ello, ocurre antes  de terminar el siglo XIX, cuando Valparaíso consigue desplazar al Callao, puerto del Virreinato, de su centenaria supremacía en la costa sudamericana.

La historia de entonces registra anécdotas interesantes, por ejemplo, un día domingo de 1890 en la plaza principal de la sureña Ercilla. Allí concurrían los inmigrantes en sus carretas engalanadas de la mejor forma para vender o intercambiar sus productos, ofrecer sus comidas tradicionales y bailes típicos. La plaza se convertía en un hervidero de gentes de diversos lugares del Viejo Continente, una verdadera Babilonia por la variedad de lenguas que era posible escuchar en cada rincón de aquella plaza. Lo mismo debe haber ocurrido en otros lugares, pero un hecho histórico haría cambiar el panorama.

La revolución de 1891 hizo perder el poder político que mantenían los presidentes y el parlamento entra a tallar con fuerza en los destinos del país. Cambian las reglas del juego: Comienza a aplicarse impuestos de diversa índole y limitaciones al libre emprendimiento.  Sumado a ese inesperado obstáculo, el país se desgasta en pugnas políticas. Gran parte de los inmigrantes siente que Chile ha perdido su antiguo atractivo y comienzan a regresar desilusionados a sus países de origen o cruzan hacia la Argentina, donde su gobierno mantiene una política de inmigración muy atractiva y ofrece grandes expectativas.

Con la llegada del siglo XX  Chile ha perdido su anterior pujanza. El crecimiento se estanca, tornándose poco a poco en un país pobre y mediocre, situación agravada por la construcción del canal de Panamá y la elaboración industrial de salitre. Así permanece nuestro Chile durante décadas, aletargado, empobrecido, con malas decisiones y corta visión de sus políticos, mas interesados en cuestiones ideológicas y conflictos de interés. ¡Pobre Chile!. Pintaba para nación importante, pero sus dirigentes y políticos lo condujeron a país de segunda. De país jaguar en el siglo XIX transmutamos a país ratón en el siglo XX.

De jaguares pasamos a puma flaco, luego a gato y ahora a punto de ser nuevamente ratones, como lo fuimos en la mayor parte del siglo pasado. Las estadísticas de crecimientos son elocuentes, vamos de más a menos. Hace rato que Chile dejó de ser estrella, el modelo a copiar, el ejemplo en Latinoamérica. En pocos años pasamos de profesores a alumnos. Ahora se admira a Perú y Colombia, países que exhiben niveles de crecimiento envidiables gracias a la aplicación del modelo económico neoliberal.

¡Pobre Chile!, pintaba para nación próspera, pero nuevamente se le cierra el camino. Cada día se crece menos y se estruja más el bolsillo de los ciudadanos. ¡Claro¡, el Estado necesita dinero para poder controlar aquel natural e inalienable deseo del ser humano de crear y crecer libremente. ¡No pues!, el Estado debe ser el motor de la economía y no usted. Por eso se le aplican más impuestos y más normas restrictivas desde su querido Parlamento. Así el Estado puede devorarlo con su maquinaria opresiva en lo económico antes de intentar emprender cualquier actividad, o bien, se permite quitarle ese dinero que con esfuerzo resultó un extra. ¡Trabaje o produzca menos!. ¡No al lucro!.

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