Políticamente indiferente

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-En todos los países  observamos una numerosa cantidad de personas que señalan sentirse “indiferentes”  con respecto de las contingencias políticas  o económicas de su país. Su frase habitual es “No importa quien esté arriba, total hay que trabajar igual”. Bajo esa premisa rehuyen votar, no le interesan mayormente los políticos ni la política, no les conmueve la injusticia ni la tragedia ajenas, ni nada de lo que ocurra más allá de su horizonte mientras su estabilidad esté garantizada. Lamentablemente esa gran masa de indiferentes es la que ha permitido a minorías organizadas asumir el poder de una nación.

Por Pedro Albornoz

 

En la Antigua Grecia la indiferencia política era castigada severamente. Todo ciudadano en condición de participar de las decisiones del Estado estaba obligado a hacerlo por expreso mandato de la ley. En casos de máxima importancia para el Estado, existía la posibilidad de ser condenado a muerte por faltar a ese deber cívico.

Los gobernantes de entonces daban importancia a la opinión de los ciudadanos, cuestión que indirectamente les protegía de eventuales errores o fracasos, toda vez que los actos de gobierno eran el resultado de la opinión popular.

Hoy en día tenemos la posibilidad de participar en los destinos del país mediante el voto, pero también existe la libertad de no hacerlo y desentenderse del desenlace de una elección.

En todos los países  observamos una numerosa cantidad de personas que señalan sentirse “indiferentes”  con respecto de las contingencias políticas  o económicas de su país. Su frase habitual es “No importa quien esté arriba, total hay que trabajar igual”. Bajo esa premisa rehuyen votar, no le interesan mayormente los políticos ni la política, no les conmueve la injusticia ni la tragedia ajenas, ni nada de lo que ocurra más allá de su horizonte mientras su estabilidad esté garantizada. Lamentablemente esa gran masa de indiferentes es la que ha permitido a minorías organizadas asumir el poder de una nación.

Esa especie de autismo cívico también facilita los actos de corrupción, omite lo ilícito, avala los abusos, justifica las malas decisiones, en suma, su indiferencia les lleva a hacerse cómplices de los males que afligen a su país.

Interés mezquino

El indiferente suele ser egoísta porque en el fondo lo que preocupa es su propio interés. Mientras los males de la sociedad no le toquen, el indiferente permanece encerrado en su neutralidad, jugando el papel de ciudadano disciplinado, partidario del orden y la paz. Es capaz de permanecer impávido mientras el mundo se derrumba a sus pies, en tanto se sienta seguro. Pero ¡ay!, su aplomo y templanza desaparecen de inmediato cuando surge una disposición o normativa que perjudica lo suyo. Entonces sale de su neutralidad y tiene opinión….si, por supuesto, ahora tiene opinión, vocifera, maldice, ¡abajo el ministro!, ¡abajo el gobierno! ¡Viva la oposición!

 ¡Vaya inconsistencia! Ese individuo políticamente indiferente, siempre ubicado al margen, indolente, ausente de toda contingencia, se transforma en enemigo público del sistema al percibir un perjuicio a sus intereses. Lamentablemente su disconformidad de nada le sirve, ya es demasiado tarde. Su indiferencia es responsable de que quienes dirigen el país tengan el legítimo derecho de aplicar un programa aceptado democráticamente.

Transitar por el camino de la indiferencia política, sentirse ajeno a los destinos del Estado, puede resultar una lección amarga y dura al momento de tomar conciencia de que aquella neutralidad política y la de muchos otros indiferentes, pudo malograr la elección de quienes eran más aptos para gobernar.

 Afortunadamente la democracia permite elegir a quienes nos representan, aunque a veces podamos terminar desilusionados  de su trabajo o su honestidad, pero existe la posibilidad de volverles la espalda en una nueva elección.

Los ciudadanos deberíamos sentirnos obligados a evaluar el trabajo de los políticos y del gobierno de turno, ejercicio cívico que corresponde practicar sobre la base de información comprobable, libre de prejuicios y subjetividad. Habitualmente las opiniones de la mayoría son meras repeticiones de lo señalado por otros que se suponen mejor informados o son producto de resentimientos y prejuicios que enturbian la visión de lo real y verdadero, lo cual a la postre conduce a juicios que pueden resultar erróneos.

El ciudadano debería ser un individuo con sentido crítico hacia quienes ejercen el poder político por el bien de su país. La indiferencia política permite a los más osados y astutos manejar una nación a su arbitrio y en aras de su propio beneficio. Hoy vemos alarmados denuncias sobre un nepotismo descarado en la Administración Pública y reformas que podrían dañar la marcha del país.

 Bueno, ahora le cedo la palabra.

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