Recordando al estudiante maipucino asesinado en dictadura: Ronald Wood Gwiazdon

Texto: Francisco Díaz – Fotografía: Memoria Viva

El escritor chileno Pedro Lemebel rescataría y perpetuaría la historia de un estudiante, “común y corriente”, de los años 80 del siglo pasado en su obra “A ese bello lirio despeinado”. Alumno que se comprometía con el desorden en la sala de clases, y a la fatiga incansable de luchar por las clases: esa clase, no del colegio y/o del liceo, sino de la que se escribía a mediados del siglo XIX, y se fortalecería en la materialidad espiritual de las masas a lo largo del siglo XX. Y qué decir de los años 60´y 70´, cuando sin lugar a dudas, la “pisada del bototo” estaba prácticamente en toda Latinoamérica a través de la Operación Cóndor que se volvía insoslayable para quienes estuvieron presente en un pretérito nostálgico por querer hacer un intento de justicia en un futuro que pretende olvidar para no volver a recordar. Tan solo las letras de los viejos y nuevos libros escriben y re-escriben esta historia, para que sea conciencia eviterna de los que verdaderamente estudian.

Mas el hecho repercute en la memoria colectiva de quienes han conmemorado al Ronald, estudiante abatido entre gritos y disparos desorbitados para desorbitar a la masa, y expeler de la vida a la muerte, como un paso “cualquiera” en que “la prosperidad que más dura es la que vino
despacio”. No obstante, la voluntad de libertad no estuvo en las cavilaciones de quien disparó o de por qué lo hicieron disparar esa maldita bala milica, un 20 de mayo de 1986, asesinando al Ronald en medio de una manifestación estudiantil en el Puente Loreto (19 años). El verdugo anodino que carece, inocentemente, la ignominia por no distinguir entre lo que es y no es, es responsable y culpable por las mejores de sus virtudes, castigándose algún día en un juicio incierto, creyendo que “nunca mucho costó poco”. De modo que la memoria estará en los testigos, del ciudadano común y corriente, que deambula en la cotidianidad preocupado por un pasado viviente, cual reflejo es el silencio.

Porque sería lindo volver a encontrar al Ronald en aquella comuna de Maipú, no de la forma física habitual en que nos observamos y nos contemplamos, sino por el  contrario cuya esencia es diferente a la que acostumbramos, tal como lo expresa en sus letras el cuarteto musical y maipucino Perro Muerto: “Sus ideales nunca traicionó (…) pensaba en algún día poder vivir, un sueño de armonía descubrir (…), pero el odio no lo permitió”.

El 23 de mayo de 1986, en la hornada de la mañana, el locutor Sergio Campos de la radioemisora Cooperativa, anunciaría el deceso de Ronald Wood, señalando: “Acaba de fallecer Ronald Wood, queremos expresar nuestras condolencias a familiares, amigos y compañeros (…)”. Posteriormente los diarios y luego los diversos medios de comunicación que se disuaden a medida que el tiempo transcurre, la transmisión de los testimonios de la familia, los relatos del sacerdote Roberto de la Capilla Cristo Vivo de 4 Álamos, de los amigos, de los cercanos que realizaron oraciones incontables para salvaguardar la vida del joven manifestante fueron insuficientes para recuperar la tan deseada democracia. Éstas no respondieron a la particularidad de cómo ocurrieron los hechos por los bárbaros del Estado. Sin embargo, perseveran hasta el día de hoy como una obligación de conciencia que no se discute en aquellas prosas de logógrafos que requieren explicar con buen grafema la certeza de quien disparó.

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