Se cumplen 47 años del asesinato de Víctor Jara

Texto: Revista Mi Gente – Fotografía: Internet

Un día como hoy, hace 47 años, el cantautor y director de teatro Víctor Jara apareció arrojado en un sitio eriazo de Santiago. La dictadura de Augusto Pinochet había estallado hace solo algunos días.

Lo que ocurrió desde su detención y hasta su muerte aún está siendo investigado, pero los testimonios reviven los horrores desatados por el genocidio instaurado luego del golpe de Estado contra el presidente Salvador Allende.

Este es parte del último caminar de Víctor Jara, una muerte recordada con profundo dolor, pero que afianza el compromiso por la justicia y la esperanza a la que tanto cantó el artista chileno.

El martes 11 de septiembre de 1973, Víctor Jara escuchó desde su casa las últimas palabras de su amigo y presidente, Salvador Allende, emitidas desde La Moneda en pleno bombardeo.

El cantautor de 40 años se despidió de su esposa, Joan Jara, tomó su guitarra y se fue a la Universidad Técnica del Estado (UTE), hoy la Universidad de Santiago de Chile. Allá, se encontró con sus estudiantes y sus colegas profesores y juntos decidieron pasar la noche en el lugar para hacer resistencia a las primeras horas de la dictadura.

La mañana del 12 de septiembre de 1973, la UTE fue asediada por tropas militares que ingresaron a la universidad y tendieron a todos los que se encontraban en su interior, sobre el patio principal, entre ellos Víctor Jara y su guitarra.

Los hombres, entre esas casi 600 personas, fueron llevados al Estadio Chile, recinto deportivo que había sido convertido en centro de detención y tortura.

Cuando iba ingresando al recinto, con las manos en la nuca, como el resto de los prisioneros, Víctor es reconocido por uno de los oficiales. «A ese me lo traen para acá», gritó. Jara fue sacado de la fila con un golpe de culata tan brutal, que cayó ante el militar, quien comenzó a pegarle.

«Lo golpeaba, lo golpeaba. Una y otra vez. En el cuerpo, en la cabeza, descargando con furia las patadas. Casi le estalla un ojo. Nunca olvidaré el ruido de esa bota en las costillas. Víctor sonreía. Él siempre sonreía, tenía un rostro sonriente, y eso descomponía más al fascista. De repente, el oficial desenfundó la pistola. Pensé que lo iba a matar, pero siguió golpeándolo con el cañón del arma. Le rompió la cabeza y el rostro de Víctor quedó cubierto por la sangre que bajaba desde su frente», recuerda uno de los testigos y también detenido, Boris Navia.

Lo condujeron con otros oficiales, siendo exhibido casi como un trofeo. Esa noche fue interrogado y torturado, permaneciendo después bajo custodia en uno de los pasillos del lugar, sin ingerir alimentos ni agua.

Entre el 13 y el 14 de septiembre de 1973, sus compañeros cuentan que el militar que lo vigilaba abandonó su puesto, y ellos aprovecharon ese instante para ayudarlo. Fue allí cuando se enteran que dos compañeros saldrían libres y todos comienzan a escribir mensajes para ser llevados a sus familiares. En una pequeña libreta, Víctor escribe sus últimos versos: «Canto que mal que sales cuando tengo que cantar espanto. Espanto como el que vivo, espanto como el que muero».

Pese al intento de los presos, los efectivos del Ejército lo descubrieron y lo golpearon, frente a todos, con mayor intensidad, antes de llevarlo de regreso a los pasillos donde vuelven a interrogarlo, insultarlo y torturarlo.

Al anochecer del sábado 15 de Septiembre de 1973, trasladan a los presos que se encontraban en el Estadio Chile hasta el Estadio Nacional.

Durante la madrugada del domingo 16 de septiembre de 1973, dos vecinas de una población cercana al Cementerio Metropolitano de Santiago, encuentran en un sitio eriazo, detrás de ese recinto, seis cuerpos. Al darlos vuelta, se dan cuenta que uno de ellos es Víctor Jara. Junto a otras personas, lo llevan al Servicio Médico Legal. Allí, uno de los funcionarios también lo identifica y le avisa a su esposa, Joan Jara.

El cuerpo del cantautor chileno tenía 44 impactos de bala: 2 en la cabeza, 6 en las piernas, 14 en los brazos y 22 en la espalda. Gracias a la ayuda de otros compañeros, Joan logra sacar a su amor del SML y lo entierra en un nicho en el Cementerio General de Santiago, la placa no lleva nombre, para que los militares no puedan dar con él y desaparecerlo, como lo hicieron con tantos hombres y mujeres.

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