Sector poniente: no renegar de lo que somos

Burguesía, R. Cortés (1855). Dominio público.

Burguesía, R. Cortés (1855). Dominio público.

El tiempo ha pasado y Chile ha cambiado radicalmente; al menos en la superficie. Las diferencias sociales hoy son más fáciles de ocultar, debido a fenómenos como la tecnología y al acceso al crédito, cuyos alcances son transversales. La tecnología permite que todos tengamos similares aparatos, sean teléfonos, televisores o autos. El acceso al crédito nos permite vestirnos con mayor libertad, compartir modas entre clases, mezclarnos con más naturalidad. Pero el lenguaje siempre acusa, y cada clase encuentra en el uso y selección de las palabras códigos para reconocerse y sobre todo para diferenciarse. Nuestros rasgos étnicos también son un claro indicativo de dónde provenimos. Para los extranjeros sigue siendo llamativo encontrarse con tantas personas con rasgos europeos (léase, piel clara, rubios) concentrados en determinados sectores de la cuidad, en contraste con otros.

En Chile, a este fenómeno lo solemos denominar “clasismo”, evitando usar esa extraña palabra reservada para países con fuerte presencia de descendientes afroamericanos: racismo. Pero ¿será tan así? Según el experto en análisis del discurso Theun Van Dijk, en Latinoamérica existe derechamente el segundo, y lo primero sólo es una manera de ocultar lo que nada quiere ver (ver charla del profesor Theun Van Dijk sobre el clasismo en Latinoamérica).

Quienes crecimos en Maipú, es decir, al poniente de la Plaza Italia, tenemos cosas que nos hacen sentir distintos. Hablamos de una manera, compartimos historias comunas de viajes en micros y vida en nuestras villas y pasajes. Sobre todo, compartimos una virtud: la de estar más mezclados. Nuestra comuna cuenta con un arcoíris en nuestra conformación social. Según el Censo 2002, Maipú cuenta con todos los estratos, en una ponderación cargada al centro: ABC1 (7,4%), C2 (26,6%), C3 (32,5%), D (28,9%) y E (4,7%).  Pero hay comunas con un arcoíris más colorido, como San Miguel: ABC1 (15,7 %), C2 (28,0%), C3 (25,0%), D (26.0%) y D ( 5,3%). También hay comunas  con menos colores, como La Pintana y Vitacura, que ostentan configuraciones diametralmente opuestas en sus extremos sociales ABC1 y D (Ver estudio de porcentaje de segmentos en comunas  usando datos Censo 2002).

El sector poniente es uno de los más pujantes de nuestra sociedad, algunos  han denominados al segmento C3 y D como el “rey del consumo emergente”. Somos los que compramos, pero también los que vendemos. Somos más tolerantes e incluso algunos nos consideran los “más liberales” (junto al segmento C2),  según declaraciones de Andres Benítez en Icares 2014. Por todo esto y muchas cosas más, hay una dignidad en lo que somos que es necesario volver a visitar.  Esto, en contraste con  la tendencia de resignificar los lugares, construyendo barrios con hermosos nombres de nobles árboles, o anteponiéndoles llamativos epítetos como “altos de..”.  En este mismo sentido, una parte de los Colegios Subvencionados también han  hecho suya cierta una apropiación de nombres y representaciones (uso de nombres extranjeros, modas de uniformes), cuya naturaleza ha sido parte de la discusión en la reforma educacional (link a declaraciones del ministro). De alguna manera, estas estrategias comerciales y publicitarias refuerzan estereotipos socioeconómicos y eluden aspectos de identidad e historia de nuestras comunas (sobre este punto también recomendamos leer artículo Más pimientos menos palmeras).

Ahora -justamente ahora- en plena discusión de las reformas que impulsa el gobierno aparece una gran oportunidad para hablar de estos incómodos temas. Hablar de quiénes somos y quiénes queremos ser. Ahora que discutimos sobre cómo mezclamos a nuestros niños en los colegios, se presenta una oportunidad para generar un futuro más diverso, sin guetos, donde nuestro origen geográfico importe menos. Sin negar nuestros orígenes. La oportunidad para soñar un país distinto, un país mejor, donde el nombre y la ubicación de las comunas representen la identidad de su gente, su historia, sus luchas, sus logros,  y no reducidas etiquetas como índices de “poder de adquisición” o palabras bonitas que permitan mezclarnos con más naturalidad.

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