TRABAJO, POBREZA Y PARTICIPACIÓN

edit

Texto: Pedro Albornoz V. – Fotografía: RIG

Como cada 1 de Mayo, hoy se conmemora en todo el mundo el Día
Internacional del Trabajo, una fecha muy propicia para – más que celebrar – reflexionar en torno a la precariedad del trabajo en nuestro país, ya que muchas familias no han logrado salir de la pobreza pese a contar con fuentes laborales estables, pero son trabajos con sueldos miserables que muchas veces alcanza con suerte sólo para el pan diario.

Hoy en día la pobreza muchas veces se restringe sólo a su consideración de alternativas para enfrentarla como un tema económico, pero es mucho más. O sino como país en vías de desarrollo podría ser la excusa para señalar que no es posible superarla, pese a la violación de los derechos humanos que están sufriendo las personas en esta situación.

Es que no existe una definición única de la pobreza, porque este fenómeno se presenta de distintas formas. La definición de Naciones Unidas sobre la pobreza dice: “La precariedad es la ausencia de una o varias seguridades que permiten a las personas y familias el asumir sus responsabilidades elementales y gozar de sus derechos fundamentales. La inseguridad producida por esta precariedad puede ser más o menos extensa y tener consecuencias más o menos graves y
definitivas. Conduce frecuentemente a la gran pobreza cuando afecta varios ámbitos de la existencia, tiende a prolongarse en el tiempo haciéndose persistente y obstaculiza gravemente las posibilidades de recobrar los derechos y reasumir las propias responsabilidades en un futuro previsible”. Hay dos aspectos fundamentales en esta idea de pobreza. El primero implica violaciones a los derechos humanos, que hace que la persona esté en un estado de vulnerabilidad y, el segundo, plantea una forma de superarla a través del efectivo ejercicio de estos derechos.

De este modo, puede por la situación de pobreza que aqueja verse violentado el derecho a una vivienda digna, pero si el Estado cumple sus obligaciones de respetar, promover, proteger y garantizar el derecho a la vivienda debiese ser efectivo. Esto se hace reconociendo el derecho a un hogar de acuerdo a las necesidades y prioridades de cada persona o grupo familiar; destinando espacios territoriales para el desarrollo urbano; promoviendo la ejecución de infraestructura vial en torno a los barrios y garantizando que existan mecanismos que posibiliten acceder a una casa.

Pero no sólo hay una necesaria acción del Estado para el ejercicio de estos derechos, sino que es imprescindible la participación de cada uno de nosotros para asumir como decía la definición: Las propias responsabilidades. La participación es básica para reconocer las capacidades, las habilidades, los recursos materiales y no materiales
que las personas y comunidades pueden articular para salir de la
situación de pobreza en que se encuentran y, al mismo tiempo, expandir esas capacidades empoderándose como actores sociales.

Y la participación no es sólo en lo que corresponde, por ejemplo, a ejercer el derecho a voto, sino que se ejerce también siendo parte de organizaciones sociales, asociaciones, etc. y, desarrollando acciones en los mismos espacios locales donde nos desenvolvemos: Presentando peticiones al Concejo Municipal; buscando gestionar conflictos comunitarios; generando acciones ciudadanas o demandando ante los
tribunales. Tenemos que hacer efectivo nuestro derecho a participar, pues es el pilar de una sociedad que queremos llamar democrática.

Comparte tu opinión:

Comparte tu opinión:

Este artículo pertenece a : Nacional, Noticias, Opinion
© 5561 Mi Gente. All rights reserved. XHTML / CSS Valid.
A %d blogueros les gusta esto: