¿Y MI METRO CUADRADO?

EdB-1

Texto: Pedro Albornoz V. – Fotografía: RIG 

Un paseo en locomoción pública por la ciudad pone en claro varias cosas. Primero, ya no es la ciudad de antes, la que uno conoció y en la cual creció. Segundo, los habitantes tampoco ya son los mismos, no son las caras que uno estaba acostumbrado a ver todos los días camino al colegio, camino a la casa, camino al trabajo, camino a cualquier lugar público. Ahora, claro, están algunos de esos rostros, los que han sobrevivido al paso de los años, pero hay muchos otros más que se han sumado, provenientes de otras coordenadas urbanas. Es el tiempo, es el desarrollo, es el progreso. La ley natural de la vida, dicen por ahí.

Pero también es una ley natural el espacio de cada persona. El metro cuadrado que hay que proteger y que suele violentarse cuando aumenta la densidad poblacional, lógicamente. Es el mismo terreno, pero con el doble, triple o hasta más incluso de personas. Cualquier psicólogo o sociólogo lo afirmaría: mientras más pequeño es nuestro espacio, ese que requiere cualquier persona para afirmar su individualidad en el colectivo, más probabilidades hay de sentirse hostilizado, agredido, por cualquiera que lo traspase, aún cuando sea en forma casual.

Es lo que sucede en los espacios públicos, sea la calle, el transporte, las tiendas. De hecho, mientras uno camina por las calles céntricas de Maipú, en un día cualquiera de la semana, a las llamadas horas peak, todo parece un atentado a nuestra integridad como personas y a nuestra sanidad mental y hasta espiritual. En primer lugar, hay que batallar verdaderamente para abrirse paso en el tránsito peatonal, a veces tanto o más desordenado que el vehicular. Pareciera que las personas se mueven sin pensar que están en un lugar en que se encuentran con otras personas que también tienen un propósito como ellos.

Poco importan los bolsos, mochilas y bultos varios a la hora de ponerse en el lugar de otra persona. Lo mismo caminar de a dos, imposibilitando la maniobra de adelantamiento, lo cual genera un verdadero “taco” peatonal. Hay muchos que caminan por ahí como si la vereda les perteneciera por derecho propio. Falta cultura urbana. Falta cultura de solidaridad.

Situación similar se vive en las calles de nuestra comuna. Abrirse paso entre colectivos, buses y autos es casi como ir de safari en la selva. Hay que apertrecharse con todo para abrirse paso de una vereda a otra. Es un desafío a la creatividad, la paciencia, el buen humor y la sobrevivencia llegar al otro lado inmune de algún bocinazo, improperio o susto. Realmente ya no se puede caminar tranquilo o transitar distraídamente, sin considerar la posibilidad de un riesgo serio a la vida.

Qué decir de la contaminación acústica. Aparte del griterío de vendedores ambulantes, están aquellos que usan las bocinas como una prolongación natural de sus gritos proferidos por la impotencia de alcanzar lo que se quiere. O el ruido que se genera sólo por el hecho de encontrarse en medio de la calle, obligándose uno mismo a prácticamente gritar a veces para darse a entender. Qué decir de los aviones. En suma, conversar con alguien en la vía pública, o atender una llamada telefónica, es un atentado al derecho de comunicarse.

Otro tanto sucede en los buses, donde encontrar un asiento en horario punta, es como encontrar una aguja en el pajar. Uno ya no sube pensando en un viaje placentero. Uno sube pensando en el momento en que hay que bajar. Para qué decir cuando los pasillos van atestados de personas tan apesadumbradas como uno, por las condiciones precarias en que se realiza el traslado desde el hogar acogedor al lugar de trabajo que adquiere, de antemano, una aureola antipática y desagradable. Percepción que se acrecienta aún más, con el vaivén causado por las malformaciones que presentan las vías públicas. Con suerte ya es difícil subir a un bus; entonces, viajar en condiciones tan hostiles es lo último que uno desearía cuando va camino a su trabajo.

El retorno es tema para otra crónica, sin duda. Porque el colmo de cualquier mal, es regresar a casa después de una jornada agotadora de trabajo en similares condiciones a las que uno vivenció en la mañana. Se regresa más cansado, exhausto, hambriento a veces, sólo con ganas de sentarse y viajar cómodamente de vuelta. Es lo menos que se merece uno.

Pero, otra vez, las circunstancias no son las ideales. Y de nuevo se siente uno violado en su metro cuadrado. Ese que debería estar protegido por ley y responsable de muchos malos ratos y situaciones de conflicto social, que bien podrían minimizarse si tan sólo se le diera la importancia que merece.

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