Chile y la pandemia de 1957

Texto: Francisco Díaz – Fotografía: Voluntarias de la Cruz Roja, Río Bueno, 1957

Con una población de 6 millones de habitantes en Chile, en el invierno de 1957, arribó un buque estadounidense al puerto de Valparaíso que traía consigo pasajeros infectados de Influenza A subtipo H2N2, que rápidamente se expandió por la V Región, luego Santiago, y posteriormente a las zonas del norte y sur del país. Durante los primeros días de agosto, el 54,1% de los escolares enfermaron, y el ausentismo de los profesores por contagio hizo detonar la suspensión de clases lectivas. Para el ejecutivo del periodo, Carlos Ibáñez del Campo, no fue tarea fácil enfrentar las características de la patología, puesto que esta no tenía cura

Según el Dr. Luis de la Cerda Schuyler, determinó que “como no existe una terapéutica específica para la influenza, y la vacunación sólo es útil cuando se puede hacer profilácticamente, el tratamiento ha sido sintomático.” Con respecto al o la paciente, por lo general, el tratamiento consistía en permanecer en cama por lo menos 3 días después que ha cesado la fiebre; la dieta y la ingestión de líquidos de 2 a 3 litros diarios, en lo posible tibio, ya que el frío aumentaba la tos; gargarismos calientes con agua de sal; ante complicaciones se inyectaba penicilina; uso de antibióticos de amplio espectro, entre los cuales sobresalía la iloticina; además de no dejar el lecho antes de tiempo, así como la exposición al frío o al cansancio; y ser precavidos hasta que la fatiga, la debilidad o los vértigos hubieran desaparecidos.

La solución estaría en los estudios del microbiólogo Maurice Hilleman (Centro Médico del Ejército Walter Reed), quien observó los informes sobre la influenza, estudiando una muestra del virus de un militar de EE.UU. Interpretó que la mayoría de las personas carecía de anticuerpos contra el nuevo virus, y que ciertas personas mayores habían sobrevivido a una pandemia de este virus entre los años 1889-1890. De modo que Hilleman junto a su equipo inició la producción de vacunas enviando muestras del virus a los fabricantes, y exhortándolos a crear una vacuna eficiente en cuatro meses; consecutivamente esta se expandiría por los Estados Unidos, y luego a las naciones afectadas.

Si bien es cierto, la pandemia trajo consecuencias catastróficas para finales de la década del ‘50, el historiador Gabriel Muñoz manifiesta que “las enfermedades infecciosas eran relativamente comunes en un país que pese a su historia de pandemias, recién consolidaba su sistema de salud pública y poco a poco mejoraba las condiciones de vida de la población de la clase trabajadora y sectores populares. Los trabajadores urbanos habían aumentado enormemente por la industrialización inducida por el Estado y en las tres principales ciudades del país se creaban con veloz rapidez las «poblaciones callampa» como habitaciones de emergencia de material ligero.” Estas condiciones provocaron que las personas murieran con mayor facilidad, puesto que los recursos para enfrentar un virus de esta naturaleza eran muy escasos, tales como construcciones de viviendas sin el confort necesario para enfrentar el duro invierno, falta de educación de salud pública de las personas y la paupérrima alimentación y nutrición de los niños y adultos mayores.

Posteriormente, a finales de 1958, los profesionales de la Salud emplearon material y métodos de tabulación que realizó el Sub-Departamento de Estadística de la Dirección General, estudió las siguientes características epidemiológicas: Distribución por grupos de edad, por sexo, meses y provincias. Además efectuó diagnósticos de influenza, neumonías, bronconeumonías, senilidad y enfermedades mal definidas, y la distribución mensual de las defunciones por tuberculosis y cáncer entre los años 1954-1958, registrando un total de 20.000 muertes -aproximadamente – (6,9 fallecidos por cada 10.000 habitantes).

En síntesis, la pandemia de 1957 fue intensa y severa, provocó de inmediato el colapso de un sistema de salud pública que estaba naciendo. Sin embargo, los chilenos y chilenas jamás fatigaron por sobrevivir a un fenómeno tan oscuro, en las que tuvieron que soportar irremediablemente las pérdidas de sus seres más queridos, el trayecto del hambre y del frío, soportar los abusos y las huelgas, y la preocupación colectiva del contagio y de ciertos lapsus de confinamiento para que el prójimo pudiera seguir viviendo y narrar lo que otros no pudieron relatar.

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